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Lo hecho, lo desecho, lo posible y lo imposible

Categoría: Algunos lo llaman evolución

5 Enero 2006

Algunos lo llaman evolución (Introducción)

De ahora en adelante, una vez por semana aparecerá mi intento de secuencia entretenida “Algunos lo llaman evolución”, la historia de un tipo que recuerda cómo se fue acercando, alejando de las mujeres, la forma en que fue disfrutando y sufriendo por culpa de ellas y cómo en su vida algo fue ganando espacio y a veces perdiéndolo.

Ojalá y les guste y la idea es que cada capítulo se disfrutado, pensado, criticado, amado u odiado, da lo mismo mientras algo genere.

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5 Enero 2006

Algunos lo llaman evolución (Capítulo Primero)

Las miradas de las mujeres comienzan a centrarse en mí de forma paulatina, desde que tenía uso de razón las había visto a ellas, pero nunca había experimentado el sentirme observado, obvio gustó.

Mónica apareció, la vecina fea, la que muestra la foto carne y todos se inquietan y aterran con la idea de conocerla, pero sin embargo, es rica, muy rica para la época, hay que decir que un par de pares realmente notables, imposible no ver eso, pero lamentablemente imposible también es no ver su cara… que cara, perfil poco agraciado, pelo seco, sonrisa horizontal sin curva alguna, labios medios pálidos, cachetes rojos y con granitos producto de un leve acné y para colmo mal genio.

Su vestir dejaba mucho que desear, si había ropa fea a ella le gustaba, en un colegio donde el uniforme no es obligatorio, ese suceso no es menor, además le gustaba ir con la onda de su hermana mayor, (otro espécimen del cual no vamos a hablar ahora por falta de meses libres) roquera tirada a desordenada bastante cochina y con ropa negra estampada con grupos de música.

Pero el destino hizo lo suyo, llegaron a vivir al mismo edifico que yo, en el último piso, a uno de los departamento más grande del inmueble. En el camión del colegio nos fuimos juntos y ahí supe que vivíamos en el mismo lugar.

No pude evitar echarle el ojo a sus virtudes físicas, no podía evitar quedarme pegado cuando llevaba polera o cuando caminaba detrás de ella, pero en el colegio ella era cero popular, de hecho calificada como una de las más malas del colegio, estatus al cual cooperaba bastante su hermana.

Pero la calentura fue más grande, sabía que era fea, que mi escaso escasísimo estatus escolar, si es que había conseguido alguno, se podía ir a la basura, pero estaba tan cerca y tan rica que no lo pude evitar.

Comencé a juntarme con ella de a poco, a platicar, un día incluso fui caradura a su casa sólo a conversar, y desde ahí iniciamos una cosa enfocada rumbo a una amistad, o algo parecido.

Las cosas eran así, ella se sentía totalmente buscada, seducida y tratada como una mina, se dejaba querer, no daba ni un paso en falso eso sí, sólo intentaba que nunca se sintiera confundida ni aprovechada, quería que yo siempre estuviera disponible, para cuando se sentía sola o cuando quería compañía.

Se mostraba de a poco, a veces me abría la puerta con poca ropa, me coqueteaba, pero a la hora de un besito o un abrazo, todo se acababa, me mandaban para la casa.

Así por un par de meses.

Hasta que un día me di cuenta que esta niña que era la más fea del colegio, una de las más poco valoradas, me estaba usando y yo no recibía nada a cambio, así que decidí dejar que me controlaran y tomé las riendas del asunto.

Me jugué el todo por el todo. Dejé de tratar de abrazarla por detrás, de mirar sus delanteras cuando me recibía con traje de baño o incluso con sostén, la traté como una simple amiga, casi como un amigo y di el golpe de gracia tomando un enorme riesgo… le pedí pololeo.

Era una tarde hasta media romántica, en la azotea de nuestro edificio, los dos de espaldas al sol mirando las nubes.

Cuando le dije ella no lo podía creer y la verdad yo tampoco, hasta donde había llegado de puro caliente, a mis trece años existía la posibilidad que la primera polola de mi vida fuera la mujer más fea del colegio, yo sabía que me iba a decir que no, pero siempre había un margen de error que no había que despreciar, lo cual me tenía bastante nervioso.

Por suerte me dijo que no y la drástica medida que había tomado comenzó a tener su resultado.

Me volví el regalón, el mino más mino para ella, me llamaba, me buscaba, ella me pidió que le diera un beso, me abrazaba me tocaba ella y obvio yo también aprovechaba y por fin lograba poner mis manos por el tiempo que yo quería en donde yo quería. Lo había conseguido.

Sin embargo, los dos quedamos satisfechos, y los dos cambiamos, pero sin abandonar nuestra entretenida rutina, el ego se nos fue a las nubes, nuestro atractivo subió, se multiplicó, incluso ella dejó de sentirse fea o poco atractiva... o sea, si un tipo le amasaba el poto media hora o veía una película en la cama con ella abrazándola y tocándole una pechuga toda la película, obvio que dice "algo tengo", "algo mío es tractivo"… a no dudarlo.

Ella se transformó en un objetivo para varios amigos, y yo exploté todas mis virtudes, me empezaron a seguir las niñas, e incluso algunas de las más grandes me buscaban.

De esa manera, tras un acto que mezcló la calentura de la inmadurez con la mariconada de que si me hubiera dicho que sí jamás le hubiera tomado la mano en el colegio, me di cuenta del "poder" que tenía… o del poder que tenían sobre mí, era el inicio de una serie de pruebas sobre eso.

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